La Ciudad de México nos tenía reservada una sorpresa con la cancelación de último minuto de un evento al que íbamos, mi novia, hoy esposa, que ya se había organizado para acompañarme, y yo, nos encontramos de repente con un vacío en nuestra agenda, en lugar de lamentarnos, decidimos convertir ese contratiempo en una aventura. «¿Qué tal si exploramos algún pueblo mágico cercano?» pensamos, entusiasmados por la idea de improvisar un viaje.
Nuestra búsqueda en línea nos presentó un abanico de destinos, pero uno capturó nuestra atención por encima de todos: Mineral de Pozos en Guanajuato. Este lugar no solo prometía la belleza de sus viejas casonas, minas, plazas y callejones con encanto, sino que también ostentaba el intrigante título de «pueblo fantasma». Además, su proximidad era un punto a favor, y en esos tiempos, Guanajuato era un destino aparentemente seguro.
Cometimos, sin embargo, un error crítico: no avisamos a nuestras familias de la cancelación del evento, dejándolos con la impresión de que seguíamos el plan original en la CDMX, dejamos un vacío de información que, pensándolo bien, nos podría haber convertido en dos nombres más en la larga lista de desaparecidos del país.
Empezamos nuestro viaje temprano, solo nosotros dos, específicamente el 12 de noviembre del año 2016, el camino a Mineral de Pozos, fue marcado por señales escasas y caminos desviados, reflejaba el misterio y el abandono sugerido por el apodo de «pueblo fantasma» del lugar, al llegar, el hotel, cuyo nombre mi mente insiste en olvidar, no cumplía del todo con nuestras expectativas, pero tampoco estaba tan mal. Aunque no llegamos tan temprano como hubiéramos querido, aún teníamos la tarde para explorar algunos puntos de interés turístico del pueblo «mágico».
A solo unas cuadras del hotel, nos informaron sobre una mina y una tienda de suvenires cercanas, buscando en Google Maps hoy les puedo decir que era la Mina Centenario, literalmente era una casa con una entrada a una antigua mina en su patio trasero, decidimos no entrar a la mina, solo vimos la tienda y decidimos dirigirnos hacia la Ex hacienda Santa Brígida, un lugar altamente recomendado por todas las guías turísticas en internet, dado que la señal de celular era débil y sin acceso al GPS, opté por preguntarle a un hombre que se encontraba parado en una esquina cerca de la mina cómo llegar.
«Disculpe,» comencé, «¿cómo puedo llegar a la Ex hacienda Santa Brígida?» El hombre, tras darme indicaciones vagas, nos hizo una propuesta inesperada: «Oigan” —dijo, con una sonrisa que intentaba ser convincente— “soy guía de turistas aquí. ¿Qué les parece si los llevo y les explico un poco sobre este lugar?» Mi novia y yo intercambiamos miradas, lo valoramos brevemente y decidimos que podría ser una buena idea, solo nos pidió esperarlo un par de minutos para avisar a su familia de su salida, para esto, viajábamos en una camioneta rentada, una Chevrolet S10 doble cabina, al regreso de nuestro «flamante» guía, lo invitamos a subirse adelante, pues habría sido descortés sugerir que viajara en la caja de la camioneta, al subir, notamos el olor a alcohol en su aliento, se disculpó diciendo que había estado en una fiesta y que había tomado un par de cervezas y aunque nos tomó por sorpresa, consideramos que era un día de descanso para él y no le dimos mayor importancia a su estado, no parecía estar ebrio.
Al llegar a la hacienda, situada a unos 10 minutos de donde lo recogimos, un niño de no más de 12 años nos cobró la entrada, nuestro guía intercambió unas palabras con el niño, mencionando que era guía local, y tras dar su nombre, el joven asintió, permitiéndole a él pasar sin pagar, acto que nos generó confianza, pues verdaderamente era reconocido como lo que se anunció, un guía de turistas.
La primera parada fue el castillo Santa Brígida, visible solo desde el exterior, donde nuestro improvisado guía compartió fragmentos de su historia, luego, nos guio hacia las ruinas de la hacienda minera y los llamados arcos mágicos, durante el recorrido, mostró un interés peculiar por llevarnos a un pozo, donde demostró su profundidad lanzando una piedra y esperando a que se oyera el impacto en el agua, a pesar de su insistencia para que nosotros hiciéramos lo mismo, y nos acercáramos a la orilla del pozo, nos negamos, la demostración había sido suficientemente clara como para advertirnos de que era peligroso pues el pozo no tenía cerca delimitadora alguna, pretendíamos continuar hacia los hornos jesuitas y una mina que él insistía que debíamos explorar, cuando fuimos abordados por turistas franceses, nos preguntaron si él era guía de turistas, les dijo que sí, pero que estaba ocupado con nosotros, los chicos europeos nos preguntaron si podían unirse a la explicación, que ellos le darían una propina extra, les dije que sin problema, su expresión tensa hizo evidente su descontento, pero de hecho, lo hice para que recibiera mejor propina, después comprendí su molestia.
Pasamos a los hornos, nos dio una explicación, posteriormente, pregunté por la mina que insistía y desde que los franceses se nos unieron dejó de hacerlo, dijo que el acceso era atrás de unas rocas gigantes, uno de los franceses dijo que si podíamos ir, fuimos aunque el acceso era complicado, literalmente era una cueva donde el acceso era en el piso, peligroso, pensé, no sabía por qué la insistencia previo a la llegada de los franceses, el aire frío y húmedo de la mina calaba nuestros huesos, y el eco de nuestras pisadas amplificaba la sensación de soledad del lugar, no tenía algún atractivo turístico, por el contrario, si ocurriera un accidente o incidente sería complicado que alguien te viera o escuchara.
La tarde caía cuando percibimos un cambio en el comportamiento de nuestro guía, visiblemente frustrado, posiblemente porque los turistas franceses interrumpieron algún plan que tenía, al momento de salir de la mina, noté que llevaba en su bolsillo trasero algo que parecía ser la mitad de unas tijeras, modificadas para funcionar como una especie de pico improvisado, a pesar de la inquietud que esto nos generó, subestimamos la gravedad de la situación, los turistas nos agradecieron, le dieron una buena propina y se marcharon, dejándonos solos nuevamente con él, quien solicitó que lo lleváramos de regreso.
En el trayecto de vuelta, le preguntamos por un lugar donde pudiéramos cenar platillos típicos, yo tenía un interés particular en probar los escamoles, nos sugirió la fonda de su tía, prometiéndonos que allí podríamos degustarlos, además de un amplio menú de platillos típicos, la fonda, dijo, estaba cerca de donde lo habíamos recogido, pero antes nos comentó que necesitaba pasar por su casa, le dijimos que sin problema, a nuestra llegada, nos pidió esperar fuera de un gran portón, argumentando que había olvidado sus llaves, saltó el portón apoyándose de la barda para entrar, otra red flag que, lamentablemente, también ignoramos, una vez dentro, abrió la puerta peatonal, se alcanzaba a ver un lote baldío en el que habían sembrado algo, no tengo idea qué. Desde nuestra perspectiva no se alcanzaba a ver, pero en una esquina del amplio terreno estaba la pequeña construcción, nos insistió que si queríamos pasar a ver su siembra, para ese momento ya estaba la obscuridad de la noche, le dijimos que no pasaríamos, que le agradecíamos, no viajamos de Morelia para ver un sembradío de un desconocido —pensé—, aunque en perspectiva, sus intenciones eran otras.
Para su fortuna, para nuestra desgracia, mi novia necesitaba ir al baño con urgencia, le pedimos que si podíamos usar su baño, los ojos le brillaron, sin dificultades logró su cometido, que entráramos a la propiedad, cruzamos unos metros de terreno y llegamos a una puerta vieja de madera y nos dijo que pasáramos, que el baño estaba al fondo, en cuanto estábamos dentro, dio un portazo muy fuerte y gritó, «al piso hijos de la chingada, soy un sicario y ya se los cargó la chingada», en ese momento fue incertidumbre total, el miedo y la incredulidad se entrelazaron en un nudo en mi estómago, mientras mi mente luchaba por procesar la amenaza palpable en su voz, le pedí que se tranquilizara, que si ocupaba dinero, podía tomar lo que traía en la cartera, me silenció con más gritos amenazantes, no escuchó propuestas, nos amagó con su pico, que como dije, eran una tijeras grandes rotas por la mitad, aquellas que percibimos en la mina, nos obligó a que nos tiráramos al piso boca abajo, mi novia se resistía, pero la convencí de que podíamos negociar con él, le dije que podía tomar la cámara, la cartera e incluso las llaves de la camioneta, sabía que tenía rastreador GPS y con la empresa de renta, podíamos dar con el vehículo posteriormente, se negó a todo lo ofrecido, solo insistía que eso no era de su interés, que me callara e insistía en que «ya nos había cargado la chingada», nos tuvo así por varios minutos, cualquier intento de voltear se convertía en sometimiento acompañado de muchas amenazas e insultos.
Era un tipo corpulento, y si bien no tenía más que un arma punzocortante, podría sin problema causarnos un gran daño, nos hizo pararnos y nos obligó ir a un cuarto, el inmueble estaba evidentemente deteriorado, extremadamente sucio, no tenía muebles, en lo que se supone debe ser la sala-comedor, sólo había una mesa de plástico con botellas sucias y encendedores, el cuarto al que nos llevó tenía una puerta de metal, al frente había otro cuarto donde se alcanzó a ver una televisión encendida, por esa situación imaginamos que no estaba solo, el cuarto donde nos metió tenía 2 colchones sin base, colchones sucios, rotos, el cuarto estaba lleno de basura, la mugre era una constante, nos dijo que nos acostáramos en el colchón de la entrada, nos resistimos, sólo nos arrodillamos, tomó una televisión vieja, de esas cuadradas de antes, arrancó el cable, tomó de las piernas a mi novia e intentó amarrarle los pies, no podía permitirlo, me levanté para impedirlo, pero justo cuando traté de pararme recibí un golpe en la nuca, por momentos, todo fue silencio, todo fue oscuridad.
No sé cuánto tiempo pasó, probablemente fueron segundos, minutos tal vez, pero yo sentí que fue una eternidad, al volver en mí, aun con la visión nublada, la escena era caótica: mi novia, no de gran estatura, luchaba con el hombre, quien aún empuñaba el pico, había sangre, me armé con el cable arrancado de la vieja televisión, comencé a lanzar latigazos con el cable, buscando desesperadamente una forma de defendernos, nuestra lucha nos llevó cerca de la puerta del cuarto, pero él tenía la ventaja física y la salida estaba aun muy lejana.
En un momento de desesperación, le supliqué, mencionando que teníamos un bebé que nos esperaba en casa, esa mención pareció alcanzar un rincón humano en él; sus movimientos se detuvieron, y por un instante, el caos dio paso a un silencio cargado de tensión. «Por favor, déjanos ir. Tenemos un bebé esperando por nosotros», repetí, apelando a su empatía, la realidad es que no teníamos un bebé, para ese entonces Emi tendría unos 13 años. Sus ojos, antes llenos de furia, comenzaron a humedecerse de lágrimas, reveló entonces con voz entrecortada que tenía un hijo gravemente enfermo en la CDMX, una confesión que me golpeó con una mezcla de alivio y angustia, aunque parte de mí quería enfrentarlo con todo el coraje que me quedaba, opté por negociar nuestra salida, le prometí ayuda con su hijo a cambio de nuestra libertad, aunque se mostró reacio diciendo que su esposa no lo dejaba verlo, insistí que podía ayudarlo y negándolo al borde del shock, nos dijo que nos fuéramos, me pidió un pago por su «servicio de guía», un gesto de descaro que apenas podía procesar en ese momento, sin embargo, recogí mi cartera del piso, tomé un billete de $500 y le entregué el dinero, recuperé nuestras pertenencias del piso rumbo a la salida y, con el corazón latiendo a mil, nos alejamos de aquel infierno.
El impacto emocional de la experiencia fue abrumador, aunque físicamente habíamos escapado, comenzó una batalla interna con demonios que se negaban a dejarnos en paz, la ansiedad y el miedo se convirtieron en compañeros constantes, robándonos la tranquilidad y la capacidad de disfrutar de los viajes y en general de la vida sin premoniciones de peligro.
Volvimos a la camioneta, conduciendo hacia el hotel con la esperanza de encontrar apoyo, estábamos a solo unas cuadras de la casa que se había convertido en nuestra prisión, en un intento por encontrar algo de normalidad, le aseguré a mi novia que esto nos fortalecería como pareja, que lo peor había pasado, pero ambos sabíamos que no era así, las heridas físicas eran evidentes en sus manos y abdomen, y las cicatrices mentales, aunque invisibles, eran más profundas.
Al llegar a recepción y compartir lo ocurrido, nos topamos con una indiferencia que cortaba como cuchillo, nos dijeron que fuéramos a descansar y dejar pasar todo, el personal del hotel sugirió que estaríamos más seguros allí, pero nosotros no compartimos esa sensación, les dije que nos iríamos y así lo hicimos, la dueña dijo que la contactara después para darnos un reembolso, aunque al hacerlo cambió de parecer pues solo encontré excusas y desinterés para atenderme, en fin, al final, eran víctimas de la inseguridad que generaba el tener un psicópata en las calles del pueblo.
Nos fuimos sin mirar atrás, decididos a alejarnos lo más posible de Mineral de Pozos, la idea inicial era dirigirnos a San Luis de la Paz, pero la paranoia y la desconfianza se apoderaron de nosotros, empujándonos hacia Querétaro, a unos 90 km de distancia, el viaje se sintió eterno, cada kilómetro recorrido era una mezcla de alivio y temor, mi novia no paraba de llorar y sin duda mi carga de responsabilidad era cada vez más grande, nos hospedamos en Querétaro, fue una larga noche.
Como lo dije anteriormente, aunque parecía que lo peor había quedado atrás, no lo fue, esa noche sufrí un ataque de ansiedad, la sensación de desmayo me asaltaba mientras trataba de mantenerme fuerte por mi novia, quien veía en mí un pilar de seguridad en ese momento de vulnerabilidad, la experiencia nos había cambiado de maneras que aún estábamos tratando de comprender.
Reflexionando sobre lo sucedido, aún tengo muchas dudas de lo que pasó, algunos dirán que técnicamente no fue un secuestro al no haberse pedido rescate, pero la privación de nuestra libertad fue real, marcada por la violencia y el terror, las secuelas psicológicas demandaron tiempo y terapia para empezar a sanar, ¿Qué quería esta persona? Aún no lo sé, le ofrecí dinero, cosas de valor y su respuesta fue que no era de su interés, no sé si su plan era secuestrarnos por días intentando pedir un rescate mayor, su armamento no coincide con el de un secuestrador profesional, pero ese cuarto, o mejor dicho ese basurero con colchones convertido en una casa de seguridad y su intento de amarrarnos, parecía que sí, no sé si su objetivo de inicio era solo asaltarnos en la mina, por ello su insistencia, la propiedad supongo no es suya, por ello no tenía llaves de acceso, pero utilizó el lugar para refugiarse.
Semanas después, movido por la necesidad de entender, busqué información y encontré noticias sobre un cuerpo hallado maniatado entre Mineral de Pozos y San Luis de la Paz, a pesar de que Guanajuato era considerado seguro en aquel entonces, ¿Nuestro destino pudo ser el mismo? No lo sé, la decisión de no denunciar, nos dejó con un amargo sentimiento de injusticia, pero no pretendíamos regresar a ese lugar para revivir lo acontecido ante autoridades que no nos brindaban confianza, dejando atrás este hecho que casi se convierte en nuestro final, reflexiono sobre la fragilidad de nuestra seguridad y la arbitrariedad del destino. Solo puedo esperar que, de alguna manera, la justicia encuentre su camino, y que aquellos atrapados en enfermedades mentales, encuentren algún tipo de redención o paz.

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